
También, los Revolucionarios, nacen en todos los ámbitos de la vida; los políticos como El Ché, o el recientemente, y sin revolución, Obama. Los religiosos, como Buda, Mahoma o Jesucristo. Y claro está, los Revolucionarios artísticos, en todas las disciplinas, desde Los Renacentistas como Leonardo a Miguel Ángel, hasta el español Picasso, entran dentro de un grupo amplio, y diría que infinito mientras el hombre sea hombre. Es curioso, como además, cada cierto tiempo la sociedad espera una revolución, o un revolucionario que los libere, no sólo de la clase política que le desagrada, sino también una revolución de pensamiento, o simplemente artística, cayendo mucha de las veces en la desdicha de pensar que esa revolución es buena, y cegándonos al mirar al otro lado de su realidad.
Pese a todo me gustan los Revolucionarios. Me parece interesante que existan. A la vez, también, oxigenan a las sociedades. Claro está, prefiero a los revolucionarios artísticos, al fin y al cabo, éstos no necesitan cercenar cabezas para conseguir sus revoluciones.
Hace unos días que me he vuelto a encontrar con un revolucionario, Francois Truffaut, director de cine Francés, e icono de la Nouvelle Vague, que con su primera película, Los Cuatrocientos Golpes, fue encumbrado como un revolucionario cinematográfico, y sacado en hombres, como en las plazas de toros, del Festival de Cannes donde se estreno su película. Francois Truffaut fue revolucionario al romper con las normas que imponía el cine, sobre todo el americano, rodando en exteriores, sin grúas o artilugios para las cámaras, y con luz natural, todo un poco a pelo, y haciendo que sus películas tuviera un aspecto de documental, o de realidad, que en aquellos momentos le faltaba al cine americano. Y lo consiguió, claro que lo consiguió, imagino que durante mucho tiempo, su cine se vio como una autentica revolución, y claro está, como los grandes maestros, fue copiado, y otra vez copiado, hasta que, llegó un día, en que, su golpe maestro, su técnica inventada y única, se integró perfectamente en la forma de hacer cine, y ahí, desapareció.
Como ya digo, me vuelvo a encontrar con Truffaut, y su revolución se ha perdido. Sus películas, muy bien narradas por otro lado, han perdido quizá el aire de modernidad que tuvieron en su estreno, por muy frescas que se conserven. Su cine, que llenó las salas con los más vanguardistas de la época, queda ahora reflejado en unas preciosas historias, y la revolución, queda silenciada entre millones de películas que lo recuerdan.
Quizá la revolución sea así, como el cine de Truffaut, en un principio intenso y arrollador, y al poco tiempo, calmado, sereno, sencillo. Sigo viendo sus películas, tengo once todavía por ver, las disfruto, las analizo, me divierto en un caluroso verano a la espera de la incertidumbre, a la espera del revolucionario, en los albores de la revolución.











